Gran Delegación Regional de Cochabamba

marzo 18, 2016

¿DE DÓNDE VENIMOS?: NOTAS PARA UNA REFLEXIÓN

Toda cosmogonía es una poética, o al menos una metáfora, no siempre afortunada, que refleja un estado anímico, una predisposición del Hombre a cierto tipo de existencia, una genealogía imposible, que puede ser gloriosa o desgraciada, según que el pueblo elegido sea más o menos propenso a la fatalidad. Para nosotros, la fatalidad. Herederos de nómadas miserables, de esclavos, ¿qué otra cosa podíamos esperar? Nuestra cosmogonía, deviene en una caída. ¿De ahí venimos?

Resulta difícil para el masón aceptar que el estado angélico, la pureza edénica, sea la condición original del Hombre, y que es la caída la que nos constituye como humanos. Del espíritu a la materia: nada más alejado de nuestra concepción, basada en el meliorismo, en la perfectibilidad, en el ascenso hacia la espiritualidad. En el ascenso, no en la caída; en un ascenso consciente, más consistente con la evolución, biológica, pero sobre todo personal y social, ya que quizá, en tanto humanidad, sea el polvo, la materia, o si se quiere, el polvo de estrellas, que nos hermana con el cosmos, con el macrocosmos; desde esta mirada, seríamos hijos de supernovas, de madres que murieron para que pudiésemos nacer. Que en su caldero, úteros, en rigor, se formaron los elementos, los que luego fueron arrojados a distancias inconmensurables en cada explosión… No en vano, el aire, el agua y el fuego, y la tierra, simbolizada en la cámara de reflexiones, son los primeros pasos en el ritual de iniciación; la escuadra sobre el compás, la cantera de la vida, aluden, inapelablemente, a la materia. La luz, en cambio, a la espiritualidad.

Asumir, entonces, una cosmogonía, podría resultar confuso, sobre todo, y esto es algo que a menudo no observan los autores más proclives al misticismo, en razón de que las cosmogonías y, en especial, la caída, constituyen verdades reveladas, es decir, anteriores al raciocinio, y que por lo tanto, tornan fútil toda búsqueda de la verdad, verdad que prefiero no escribir con mayúscula, para evitar la contradicción. No faltará quien apelará a la idea de que la verdad se encuentra en la interioridad del ser humano, lo cual tiene asidero, sin duda, en la medida que se refiere al microcosmos y no lo consideremos como un supuesto absoluto, toda vez que si así fuera, tampoco tendría sentido la búsqueda, a menos que se esgrima la idea aristotélica de intelecto agente, es decir, la facultad de construir el mundo a partir de facultades propias del alma, y de ese modo, la ignorancia de los designios del G.·.A.·.D.·.U.·. constituirían el acicate de la búsqueda, que sólo sería posible en la medida que las facultades del alma sean una forma de participación en la naturaleza del creador. Persiste, sin embargo, el problema de la caída. Y se insinúa de alguna manera, el concepto de la gracia, como la facultad que otorga Dios al hombre de distinguir el mal del bien, y alcanzar la salvación.

Bastante alejado del concepto de citeriorismo, propio de la masonería. Pero quizá esté viendo, no debajo del agua, sino del alquitrán. Aceptemos, entonces, en este punto, un problema metafísico, una pregunta (no una respuesta), a partir de la cual interrogarnos acerca del qué somos. La búsqueda del momento mítico en que el Hombre se convierte en tal. Búsqueda cósmica, por cierto, pero que se replica en la ontogenia del humano en tanto criatura, y por lo mismo en el microcosmos… ¿Es ese momento mítico la fecundación o el impreciso instante en que un ser superior insufla el fuego divino en nuestro ser? Pero si volvemos al mito de la caída, nos encontramos que es el humano, en su osadía, quién come del fruto prohibido, del árbol de la sabiduría, o del bien y el mal, mito cercano al mito griego de Prometeo, quien hurtó el fuego a los dioses y por ello fue castigado. He aquí que el Hombre desempeña un rol activo en la búsqueda de la verdad. En ese sentido, el mito no debiera ser interpretado como una caída. ¿De dónde venimos, entonces? De la duda, quizá, que nos lleva a interrogar al infinito, quizá más allá de nuestras posibilidades. Esto sin duda, la capacidad de interrogarnos, es lo que nos aleja de la animalidad.

El mito cristiano, sin embargo, abre otro flanco: el conocimiento del bien y el mal. El terreno de lo axiológico. El masón, piedra escogida de la cantera de la vida, viene de un mundo en que el egoísmo y la mentira parecen haberse entronizado; un mundo de vicio, que el iniciado, en la medida de sus fuerzas, está llamado a transformar.

La historia de los pueblos, así como la historia personal, son sin duda, otras respuestas posibles a la interrogante que motiva estas líneas. ¿Cuál es válida, cuál no? Cada quién, con sus herramientas, encenderá un pequeño fuego, que tal vez no sea necesario hurtar a los dioses, pero que podría, sin duda ser castigado, por la incomprensión, el desdén e incluso la burla de quienes prefieren la molicie y la comodidad, y desprecian todo camino de perfección.

René de la Barra Saralegui, 3°
R. L. “Rociel Irigoin Oyarzún N° 139
Puerto Montt

1er Grado, Planchas y Trazados